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Zumba y embarazo

Zumba y embarazo

Zumba y embarazo, después del eclipse

Encaminar mi forma física nunca fue tan divertido.

Hola queridas liantas: 

Zumba y embarazo, mi nuevo post. Sé que ya hace tiempo de mi puerperio, mi niña tiene dos años, pero hoy encontré el momento ideal para escribir. Hace tiempo que mis post son más espaciados, ser mamá me tiene muy ocupada. ¿Me entenderán verdad? Ahora mismo mientras escribo desde mi ordenador tengo a una personita (mi princesa Puntasvueltas) metiendo la naricilla en la pantalla y preguntando: ¿qué hace mami? Espero poder sortear la invasión y acabar la entrada al fin. 

Anoche no podía dormir y repasaba mi semana en la cabeza, de esos pensamientos que brotan sin razón pero te ocupan la mente una y otra vez. Pensé en mi vuelta al gimnasio, al fin me había llenado de valor y llevo tres semanas recomponiendo estas carnes casi a diario después de tres meses sin pisar el santuario del postureo. Y claro, yo voy al revés de la operación bikini, cuando todos se apuntan para lucir cuerpazo, yo me apunto cuando se acaba el verano 🙂 Soy así de original. Entre mis pensamientos deportivos, recordaba el primer día que fui a Zumba después del embarazo; Allende tenía nueve meses y yo llevaba todo ese tiempo sin hacer ejercicio, estuve en pilates durante la gestación pero la intensidad dista mucho de las clases que hacía antes de mi barriguita. 

En fin, como decía, recuerdo la primera vez de la clase de Zumba... Con mis kilos demás  y mis ganas de liberar. Mi primer obstáculo fue en casa, parecía que las mallas del gym estaban hechas de pegamento instantáneo, tipo la Gotita o algo parecido. Por más que tiraba de ellos no querían subir, mi cara era un poema y el derroche de sudor en mis intensos intentos no tenían nada que envidiar a los que podía conseguir en la clase más dura de Crossfit. ¿Levantar ruedas gigantes, hacer 500 burpees? ¡Anda ya! Qué se pongan todos esos macrodeportistas una malla 3 tallas más pequeña, eso sí es esfuerzo y superación, ¡ja,ja,ja!

Finalmente conseguí embutirme en ellas, coloqué mis ya para siempre tetas más grandes en mi sujetador de siempre, y aún con riesgo de asfixia me fui dignamente a mi gimnasio. Entré en la sala y pensé: ¡madre mía! ¿Seré capaz de superar la hora entera? Creo que me temblaban hasta las pestañas y por supuesto pensaba que todo el mundo me estaba mirando, mientras rezaba para que no se me rajaran los pantalones en medio de un reggaeton. 

 

Comienza la música... empiezo tímidamente a mover mis caderas. Que si subo un pie, que si bajo una mano, culo para allí, culo para allá y SANDUNGUEAAAAAAAAAAAA. Me vengo arriba. Me vengo muy arriba. De repente me veo como inmersa en una comparsa llena de plumas, lentejuelas, maquillajes imposibles y zapatos de tacón. Me siento una diosa libre bailando todos los  ritmos latinos y no dejo ni un músculo quieto en ese derroche de letras sexistas. Ni me molesta oír como el cantante le dice a la chica que le va a dar serrucho o que mueva las "pompas" para su deleite. En ese momento no soy Educadora Social, ni feminista... nada me importa más que bailar en esos sesenta minutos. Mi baile es tan intenso que veo como la gente de mi alrededor me mira mal porque piensan que les voy a dar un manotazo, y yo ajena a todos ellos y todas ellas, sigo perreando como si el mismo Daddy Yankee me cantara al oído. De verdad, era pura poesía

Como la vida misma

Como la vida misma

Los hombres parecían también olvidar prejuicios y bailaban todos los ritmos sin dudar menear las caderas o sacudir el culo cuando tocaba, mientras la monitora nos indicaba con su cuerpo inmaculado cada paso de la coreografía. Me gustaba vernos a todos bailar, unas/os mirándose al espejo para ver si sus movimientos eran dignos de un videoclip de Beyoncé, otras/os con la lengua fuera intentando seguir el ritmo, otros/as simplemente moviendo el cuerpo al lado contrario que el resto del grupo, pero no les importaba si lo hacían bien o no. Muy divertido observarlo todo.  Eso sí, nunca entendí como nadie se sacaba la braguita de entre las nalgas porque yo me pasaba cada transición de una canción a otra intentado hacerlo de la manera más sutil. Aún ahora me pregunto en cada clase por qué soy la única ordinaria de la clase que se saca la braguita, ahora ya sin pudor, a cada rato con tanto subir y bajar las piernas o tanto meneo de culo.

Casi al terminar la clase veo a mi madre con mi hija tras la cristalera de la sala y yo solo puedo mirarlas y reír como si estuviese participando en Fama, ¡a bailar! Creo que mi madre se reía de mi cara de flipada, tan flipada como la cara de mi hija viendo a tanta gente bailar. Reconozco que fue realmente liberador para mí. Ahora vuelvo a tomarlo de rutina, he bajado peso y mi cuerpo es más parecido al que tenía antes de mi amada Allende. Y aunque reconozco que me importa mi aspecto y trabajo para mejorarlo, no hay mayor recompensa que darle un beso en los morros a mi niña tras una clase de lo que sea que haga en el gym. Ella sigue siendo mi tarea más intensa, más que cualquier clase de Zumba.

Espero haberles entretenido con mi nuevo post, tenía muchas ganas de escribirles. Si les apetece seguirme la pista más a diario pueden encontrarme en Instagram: verachetorres.

¡Hasta nuevos líos liantas!

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3 Responses to Zumba y embarazo

  1. Diana 23/09/2016 at 16:48 #

    ¡Me he reido mucho! Sigue así Verache.

  2. Marisol 01/09/2016 at 13:11 #

    Eres la bombaaaaaaaaa?????sigue sandungueando???

    • Verache
      Verache 02/09/2016 at 17:20 #

      ¡Muchas gracias Marisol tomo tu consejo ;)! Un besito enorme.

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